Las consideraciones que hicimos la semana pasada han llevado -no sólo en España, sino en las mejores Administraciones de nuestro entorno institucional y cultural- a las llamadas Oposiciones, las cuales, sin duda por la gran cantidad de esfuerzos y frustraciones, no siempre han tenido buena acogida.
Sin embargo, el replanteamiento o adaptación de estos sistemas a los nuevos tiempos ha de hacerse desde la reflexión y mesura, sin olvidar los dos grandes referentes de cualquier sistema selectivo: el reclutar a los más competentes para las funciones a realizar, y el ofrecer a los ciudadanos, que quieran acceder a las tareas públicas la igualdad de oportunidades.
Se dice que nuestras más prestigiosas oposiciones son "memorísticas". Y, con independencia del disparate de pensar arbitrariamente que el que memoriza es porque no entiende, como si la memoria la convirtiéramos en un obstáculo al entendimiento. Decía que, además, esta afirmación sólo es parcialmente justa. Los Abogados del Estado, los jueces o los Inspectores de Hacienda, por sólo citar algunos Cuerpos Superiores, compaginan el saber -lo que exige esfuerzo de memorización- con capacidad de aplicar ese saber en el desarrollo de dictámenes, opiniones o pruebas generales.
Y es obvio que el mercado -que se dice que pone todo en su sitio- suele llamar, y tratar mejor, a algunos de los funcionarios seleccionados de este modo. Si, por ejemplo, los Abogados del Estado, como se lamentaba el Director del Servicio Jurídico del mismo, están recibiendo constantes ofertas de los grandes despachos de Abogados, será porque "a pesar" de su esfuerzo memorístico, han alcanzado un excelente nivel de formación profesional.
Seguramente no se recuerda lo suficiente que un elemento esencial de la admirable calidad de nuestro tránsito a la democracia fue la existencia de magníficos cuerpos funcionariales, seleccionados desde hacía tiempo, con criterios de objetividad, mérito y capacidad. No tiene sentido que en la democracia esto lo debilitemos. Hablamos, por tanto, de mejora de los sistemas selectivos, incorporamos más y más elementos de reflexión y composición, pero no reduzcamos ni la capacidad y mérito, ni la objetividad, implícitos en cualquier gestión democrática -y eficaz- de Gobierno.
Seguramente estos sistemas tradicionales de selección pueden complementarse, como parece que sugería recientemente un Ministro del Gobierno, con otros criterios, proponiéndonos la calificación del expediente académico. Pero esta vía no deja de presentar inconvenientes. En primer lugar, por la enorme desigualdad de exigencias entre diferentes instituciones universitarias. Todos sabemos que algunos centros privados son más "generosos" en la concesión de calificaciones altas, sobre todo en relación con centros públicos -y algunos también privados- de mayores niveles de exigencia.
Vía :expansionempleo.com